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    La historia es muy sencilla y comienza con dos cartas. Una carta dentro de la otra. Recibo una carta de un desconocido que de forma directa me suelta: "Estimado amigo Joaquín. Bla, bla, ba..." Es decir, que hace tiempo que me conoce y me admira. Exacto, por mis viejas canciones, mis nuevos escritos, mi trabajo en el periódico... Que desea que yo sea la primera persona que descubra esta noticia. Su noticia. Su bomba. Que no me va a creer, pero un día nos veremos y me mostrará fotos. Así que me pide que lea y juzgue.
    Yo leo y no puedo juzgar. Es increíble.
    Les permito que ustedes lean y juzguen. A lo mejor lo creen.
    Sin más rodeos:
    "¿Carta desde Francia? Sí, desde Toulousse.
    Será de mi amigo Jean Pierre.
    "Señor Lázaro: soy el padre de Akira Takahassi, ¿lo recuerda? No sé si la adress será aún el mismo o quizás cambiaron. Quiere decir que estaré en Saragossa próxima semana y si es posibla mi gustaría verle. ¿Posible? Llego 18 viernes tren talgo de Barcelona 15 horas. Mi acudirá a casa suya. ¿OK? Cordialos saludos. Albert Cooper"
    Extraño. Imposible. ¿Cómo un tal Albert Cooper va a ser el padre de Akira Takahassi si Akira es japonés y este señor tiene un apellido inglés-americano?
    A las 15.20 horas llaman al timbre y efectivamente se presenta ante mí un tipo sesentón de aspecto americano. Me abraza. Me dejo abrazar. Pasa dentro. Sólo unos minutos para explicarme el enigma de su apellido y su parentesco: "Soy el padre de Akira, que estuvo con usted en este piso durante tres años..."
    (Cómo no recordar a Akira, al que no veo desde hace 25 años. Un chaval japonés que apareció por Zaragoza con la intención de practicar español y hacer fotografías que enviaba a Japón, y le ayudaban a sufragar su estancia en España. ¡Dios mío, Akira, hace veinticinco años que no nos vemos! ¿Qué ha sido de ti?")
    Albert me explica que cuando tenía 18 años se enamoró de una muchacha japonesa, hija del cónsul de aquel país en Los Angeles... ¡Vaya, yo no sabía que el abuelo de Akira era cónsul!
    El resto es fácil de deducir. La muchacha quedó embarazada y al cabo de un año regresó con su padre a su país, donde nació Akira. (Sí, ahora que lo pienso, Akira tenía rasgos de occidental. Poseía un extraño bello rostro, que conservaba lo mejor de su raza japonesa con una ligera entonación de piel más clara de lo habitual, y unos cabellos sorprendentemente claros).
    Albert me cuenta que hace algunos años que no ve a su hijo, aunque a menudo ambos se encuentran en Estados Unidos o en algún desplazamiento que el padre hace a Japón. Akira es ahora un encumbrado director de arte de una prestigiosa revista de fotografía e informática. Que hace años que no me escribe porque supone que nosotros cambiamos de dirección.
    --Pues ya ha visto que la dirección es la misma -le digo-. Bueno, esta casa es la casa que mis padres tienen aquí en la ciudad. Yo vivo en otro barrio y cada dos días paso a por la correspondencia. Pero este piso es el mismo en el que Akira y yo convivimos tres años juntos cuando éramos estudiantes...
    --No sabes cómo me alegro -me dice en un español muy respetable, aunque comete algunos errores gramaticales que nosotros obviamos para mejor apreciación del lector.
    -- Albert, si no te importa vamos ahora a mi casa y allí te puedes instalar sin problemas. Conocerás a mi mujer y a mis hijos. ¿Cuántos días te vas a quedar?
    No sabe cuántos días permanecerá en nuestra ciudad. Viene sin planes preconcebidos, sin calendario fijo. Está de vacaciones, intentando conocer Europa y España es el final de etapa. Aún le restan diez días.
    Albert es ligeramente rubio, con el cabello bastante corto y pronunciadas entradas. Posee una boca estrecha pero ancha y unos ojos oscuros muy alertas. Lleva perilla y usa unas gafas de ver, redondas, lejos de cualquier catálogo de moda. Su figura es extremadamente delgada y desgarbada pero se le nota un dominio de su cuerpo superior a lo que podrían indicar esos 60 años que aparenta. Se encuentra en forma Albert, no hay duda. Fuma a menudo tabaco rubio y de su rostro destaca una nariz aguileña, que a mí me recuerda a alguien y no acabo...
    Nuestros dos primeros días en su compañía transcurren apresurados, hablando sin cesar de su hijo Akira, del trabajo que desempeña Albert en la editorial Albert; hablando de su familia (tiene varios hijos aunque ahora está separado), visitando algunos de los monumentos y rincones más atractivos de Zaragoza...
    Parece un tío cojonudo este Albert. Simpático y generoso. El segundo día se paró ante una tienda de bicicletas y regaló a mi pequeño Gabi la más espléndida y cara del escaparate. ¡Te has pasado, Albert!
    Fue al tercer día cuando saltó la bomba. Nos encerramos en mi despacho, en la habitación donde guardo mis libros, mis discos, donde paso buenas horas del día encerrado con mis historias; me encanta leer y escuchar música para olvidar un poco mi monótono trabajo de profesor en el instituto.
    --¿Aún sigue tocando la guitarra Akira? -le pregunté.
    --La ha dejado mucho. Apenas tiene tiempo. ¿Tocaba bien, verdad?
    --Muy bien. Y le encantaba el flamenco.
    --¿Sabes que ha hecho varias portadas de discos? Son discos japoneses, claro...
    --¿A ti te gusta la música, Albert?
    --Un poco. Pero me he quedado en los clásicos; ya sabes rock&roll y esas cosas.
    Albert repasaba mis estanterías, ojeando los libros, preguntándome de vez en cuando por algún poeta español, Alberti, Lorca, "a muchos de ellos los he editado en inglés", me cuenta.
    --¿Dónde tienes los discos? -me pregunta.
    Le muestro los armarios donde se esconden los viejos ejemplares de vinilo y observo que se le iluminan los ojos. Los va repasando en silencio, soltando de vez en cuando alguna palabra en inglés que yo no comprendo.
    --Vaya -me comenta- tienes varios de Taj Mahall...
    --Me gusta mucho...
    --Y este de Champion Jack Dupree es muy raro...
    Me vuelve a señalar sus preferencias: Leonard Cohen, Van Morrison, Eric Clapton, Burrito Brothers, Beatles...
    --Te gusta el country, eh -le pregunto complacido.
    --Me encanta. A mi edad... ¡Vaya, tienes a Paolo Conte!
    --¿Lo conoces?
    --Un poco. Es extraordinario. Ha sabido impulsar la música italiana hacia terrenos del jazz muy interesantes. Vaya, tienes Aquaplano...
    --Casi nadie conoce a Conte en España. Es una pena, ¿no?
    Albert saca un cigarrilo y me pasa otro. Nos sentamos en el sofá notablemente más próximos gracias a la música. Me comenta que le hubiera gustado ser músico, que incluso intentó en una época abrir una sección discográfica en su editorial para grabar artistas desconocidos. Lo dejó por falta de dinero.
    --¿Te gusta Dylan? -me suelta de sopetón.
    --Claro, ¿a quién no le gusta Dylan?
    --A mí. Cada día me gusta menos. Estoy un poco harto de él. ¿No crees que su obra se prolonga demasiado, que ha grabado demasiados discos?
    No lo había pensado. Es probable. Pero le confieso que lo vi en abril, hace unos pocos meses, en Zaragoza, y lo encontré vitalista, juvenil, enérgico y gran músico.
    --Yo también lo vi en esa gira europea. Sí, es verdad, ahí estuvo bien.
    --¿Tú lo viste? -le digo sorprendido.
    --Sí, estaba negociando la publicación de unos libros en Alemania y Francia...
    Ahí quedó la cosa. Tras la cena, Albert pidió café, algo que no había hecho en estos días. Nos sentamos frente al televisor y cuando acabó la película mi mujer nos pidió permiso para retirarse. No podía más de sueño.
    --Quédate un poquito más, Rosa. Mañana es sábado -le invitó Albert.
    --Perdonadme, pero me caigo. Quedaos vosotros. Sin problemas.
    --Me gustaría hablar contigo, Carlos -me comentó entonces-. Me gustaría contarte algo. ¿Te parece?
    --Cojonudo. Nos ponemos unos whiskies y apagamos la tele. ¿Tenemos tabaco?
    Teníamos. Teníamos tabaco y alcohol. Y una noche serena y silenciosa. ¿Se puede pedir más?
    Albert llenó los vasos que yo había preparado con hielo. Poco a poco se le iba destapando una sonrisa extraña, maliciosa, que a mí me hizo albergar algunas dudas. ¿No me irá a salir este tío maricón a estas alturas?
    --¿Estás bien sentado? -me preguntó.
    --Perfectamente.
    --Quiero confesarte algo. No te lo vas a creer pero..., en fin, que es muy fuerte.
    --Eres gay...
    Rompió en una sonora carcajada que apagó de pronto para no despertar a mi mujer y mis hijos.
    --¡¡Has dicho gay!!
    Me sentí embarazado, corrido y estúpido. Inmensamente imbécil. ¿Por qué le había dicho semejante cosa?
    --Es que en España cuando nos empiezan con grandes misterios siempre pensamos lo mismo: que el tipo es maricón. Perdona.
    --No, hombre, lo mío es mucho más extraño.
    --¿Ah, sí?
    ¿Qué puede ser más extraño que un padre de familia descubra que es homosexual? Efectivamente, lo suyo fue mucho más extraño. Fue increíble.
    --Te lo voy a decir sin rodeos. Yo soy Bob Dylan.
    Se me cayó el vaso al suelo que en esos momentos tenía en mi mano. Causó un pequeño estropicio, que por fortuna no despertó a nadie. No recuerdo qué gestos hice con los ojos, sé que mi lengua comenzó a girar en la boca sin control (¿por qué?), que mis labios se estiraron hasta dibujar una sonrisa completamente boba. La mantuve ahí una eternidad sin poder soltarla. Más o menos eso es lo que recuerdo.
    ¿Me ha dicho este tío que es Bob Dylan? Efectivamente, lo suyo es más extraño: ¡¡Está loco!! Y sobre todo: ¿¡Será peligroso!?
    --A... a... qué Bob Dylan te refieres? -le pregunté como un estúpido imbécil idiota. ¿A qué Bob Dylan se puede referir? ¡Sólo hay uno!
    --A Bob Dylan. A Robert Zimmerman. Perdona que te lo haya dicho así de golpe. Pero efectivamente, soy Bob Dylan. Sí, el cantante.
    --A ver si me aclaro -le dije con síntomas de oscuridad-. Tú no pareces Bob Dylan, joder. Sí, tu nariz es parecida, pero, coño, ¡si estás calvo!
    --Bueno, eso se arregla con una buena peluca, ¿no? Siempre la llevo. Tengo que cuidar mi imagen.
    --Vamos a ver, vamos a ver, Albert, joder, no me líes. Me has metido un susto que te cagas...
    --¿Qué te cagas?
    --Un gran susto. Tus ojos son oscuros y Dylan los tiene claros.
    --Efectivamente. ¿No conoces las lentillas de colores? Mira, siempre que quiero pasar desapercibido me disfrazo así. ¿No comprendes que sería inhumano estar siempre en el papel de Bob Dylan? ¡Me volvería loco, Carlos!
    Seguía sin cuadrarme nada. Era imposible que esa estrella mundial de la música, ese genio del siglo XX estuviese aquí en mi casa, ¡en Zaragoza, coño! Tomándose un whisky conmigo, hablando como viejos amigos. ¿Hablando?
    --Sí, aprendí español hace muchos años, pero casi nadie lo sabe. No lo utilizo. No quiero que se sepa. Es un instrumento que yo puedo usar sin que lo sepa nadie a mi alrededor. Y no creas, te enteras de muchas cosas que los demás creen que no entiendes.
    --Albert, mira eres un tío cojonudo, eres, supongo, el padre de mi amigo Akira...
    --Sí, lo soy. Claro. Por eso estoy aquí...
    --Vale, vale, te creo. Pero, entiéndeme a mí: ¿tú, si fueras yo, creerías toda esta historia? Anda, dímelo.
    Bebió de su licor y tragó humo de su Marlboro. Y me miró sin dejar de sonreír un momento, sin olvidar ese rictus que le surgía mirando mi cara. Seguramente era un poema bufo. ¿Qué cara tendría yo en esos momentos?
    --No, no te creería -me contestó al fin-. Pero no te miento, soy Bob Dylan.
    --Vale, Albert. Perdona que sea tan desconfiado, pero ¿puedo ver tu pasaporte?
    --Ja, ja. ¡Pero tú te crees que voy a viajar con un pasaporte que diga Robert Zimmerman, músico! Hombre, que no soy tan gili... gili...
    --Gilipollas. Se dice gilipollas.
    --Eso. Gilipollas. ¿No ves que no podría moverme? Llevo un pasaporte falso, claro. Lo consigues en cualquier parte. Con dinero, por supuesto.
    --Ya entiendo. Pues me lo pones difícil, Albert. O Bob. ¿Cómo debo llamarte?
    --Prefiero que me digas Albert. Así no habrá problemas...
    --...vale. Tú mismo has dicho que no te creerías una palabra si fueses yo, ¿no? Tienes que comprender que necesito comprobar más cosas. ¡Ya lo tengo! ¿Recuerdas el concierto que diste en Zaragoza el 21 de abril de este año?
    --Sí...
    --¡Joder, es que no me lo puedo creer lo que oigo! ¡Mira que si de verdad eres Bob Dylan! Bueno, a lo que vamos. Dime dónde lo diste...
    --Bueno... no recuerdo mucho porque era dentro de una gira loca, que me llevaba de una ciudad a otra. Recuerdo Zaragoza porque ya mi hijo me había hablado de ella. Y de ti. Y te aseguro que estuve tentado de localizarte. Pero en esas circunstancias comprendí que no era lo oportuno, ¿entiendes? Bueno... a ver... creo que toqué en un pabellón cerrado, muy grande. Y te aseguro que ese día me esforcé por hacer un buen concierto...
    --Fue cojonudo. Lo hicieras tú o Bob Dylan.
    --Recuerdo que salí a dar un paseo por la ciudad...
    --Sí, sacaron una foto en El Periódico de Aragón. Ibas con dos gorilas...
    --¡No! Me refiero que salí a dar una vuelta con esta imagen, con la que utilizo para pasar desapercibido. Tal como me ves ahora. Tengo una foto. La he traído precisamente para que me creas... Mira, aquí está -dijo sacando una foto polaroid del bolsillo de la chaqueta que tenía aparcada en la silla del salón.
    Sí, era él. En la puerta del Gran Hotel. Sonriendo como un turista yanqui y levantando los dos dedos de la victoria.
    --Me la hizo mi ayudante. Mi secretario.
    --¿Y esa perilla?
    --Es postiza. Tócala tú mismo.
    Eso hice. En efecto, se notaba que podía ser arrancada de un tirón.
    Estaba desconcertado. ¿Y si fuese cierto? ¿Y si este loco fuese Bob Dylan? ¡¡Bob Dylan!! Bueno, todo cuadraba, pero...
    --No entiendo, Albert. ¿Por qué has venido a Zaragoza?
    --Ya te lo dije -me repitió sin dejar de sonreír con una mueca que señalaba que estaba disfrutando de lo lindo con esta historia y con el asombro de mi cara-. Es la verdad. No hay ninguna razón. ¿Por qué no? Aquí vivió mi hijo Akira. ¿Sabes? Durante un tiempo estuvimos alejados, apenas nos veníamos. Él vivía en Japón con su madre, estaba enfrascado en su fotografía, apenas quería saber nada de mí. ¿Para qué? Su padre era un cabrón que no se había preocupado por él...
    --¿Cuando Akira estuvo en Zaragoza ya sabía que tú eras...?
    --Claro, nunca se le ha ocultado.
    --¡Joder, no me dijo nada! ¡Me lo podía haber dicho! ¡Mi padre es Bob Dylan!
    --Ya te digo que no quería saber nada de mí. Y duró así hasta hace cinco años. Un día me llamó y me dijo que su hija de quince años estaba enferma. Una cosa relativamente grave, algo de la sangre. Y el tratamiento costaba mucho dinero. Le jodía decírmelo, pero necesitaba mi dinero...
    --Una putada, Albert...
    --Sí, una putada que él se viese forzado a pedirme un favor si no lo deseaba. Le suponía una humillación pedirme dinero. No sólo se lo envié; fui yo a llevárselo en mano. Y allí, nos conocimos por primera vez. Nos enfrentamos, nos odiamos. Pero al cabo de una semana las cosas cambiaron. Su chica es preciosa, ¿sabes? Comprendí que no había sido responsable, que uno no puede ir abandonando hijos por el mundo. Bueno, sólo te puedo decir que acabamos muy unidos...
    --Me alegro.
    --Tuvimos tiempo para repasar muchas cosas. Y así surgió su etapa en España. Y salió Zaragoza. Y me contó que aquí fue feliz, que aprendió castellano, que descubrió un pueblo admirable... Yo le dije que era posible que fuese a Zaragoza a cantar. Ya había estado otra vez. Y me dio tu dirección y me pidió que te localizase. Y, bueno, ya sabes el resto. Y me pidió otra cosa.
    --¿Ah, sí?
    --Que si venía a verte tenía que ser con la condición de permanecer al menos una semana en la ciudad. Un viaje rápido no me lo toleraba. Y, bueno, ¿por qué no venir? He aprovechado un mes de vacaciones para visitar algo de Europa y ya sabes... Ya que estaba aquí tuve curiosidad por conocer la ciudad donde vivió mi hijo. Eso es todo.
    No dormí esa noche. No pude pegar ojo. ¿Será posible que el músico más cabrón del mundo, el tipo más odiado por la prensa, el ser más soberbio del planeta, fuese este caballero americano de buenos modales, de trato afectuoso, que lleva dos días en mi casa? ¿El genio del siglo XX que revolucionó la música moderna se ha tomado unos wiskys conmigo? Si lo cuento por ahí me pueden detener...
    Al día siguiente amanecimos tarde. Yo me levanté primero y me encontré a mi mujer trasegando por la cocina. Era sábado y ambos teníamos fiesta. El chaval mayor se había ido a jugar no sé qué campeonato de basket; Rosa, la mediana, había dormido en casa de su prima y el pequeño Gabi andaba por su cuarto. Estuve tentado de decírselo todo a mi mujer, pero supuse que no era el momento. Y además, no me creería.
    Albert apareció bien duchado a la media hora. Traía buen apetito y nos propuso comer por ahí. Aceptamos la invitación y acudimos a un restaurante especializado en paellas y mariscos. A Albert le chifla el marisco español. Al finalizar, mi mujer nos sugirió que prefería ir a casa de su madre con el chiquillo. Hacía varios días que no la veía. Nos encantó la propuesta. Así tendríamos tiempo para continuar nuestra charla.
    Decidimos ir a casa. En realidad lo decidí yo. Ardía en deseos de continuar con el interrogatorio. ¡Si este tipo era Bob Dylan no podía perder ni un minuto!
    --Vamos a hacer una cosa para eliminar cualquier duda, Carlos -me propuso nada más sentarnos en el salón-. Mira, subo a mi habitación y me disfrazo de Bob Dylan. Y dejamos claro el asunto para siempre. ¿Te parece?
    Qué coño me va a parecer. ¡Me parecía genial! Dejémonos ya de mariconadas y pasemos al asunto. ¡Venga, quiero ver a Bob Dylan en persona!
    Impresionante, amiguetes. Sí, era Robert Zimmerman. ¡¡Es Dylan en persona!! ¡¡Sí, no hay duda!! ¿O hay alguna duda? Chico, soy aragonés, no me fío un pelo...
    --Vale, tío. Eres Bob Dylan. No me pongo de rodillas porque te ibas a reír.
    Salí un momento al cuarto de los trastos y volví con la prueba del nueve. Una guitarra española, vieja, pero guitarra y afinada.
    --Canta, cabrón -le dije pasándole el instrumento-. ¿Qué tal una facilita?: Blowind in the wind.
    Es curioso. No dijo nada. Tomó la guitarra, miró si estaba afinada (no lo estaba y la afinó) y se arrancó sin hacerse de rogar. ¡¡¡Síiiii!!!
    Allí estaba su pelo de siempre (peluca en este caso), sus ojos de siempre (originales en este caso)... ¡¡y su voz de siempre!! (inmortal por los siglos de los siglos).
    --Estoy..., estoy... Joder, tío. ¡Es que estoy ante un genio del siglo XX!
    Bob sonríe, deja la guitarra sobre una silla, se mete un lingotazo de whisky y me dice que va a quitarse el disfraz. Que prefiere estar cómodo...
    --¡¡Espera!! Espera un momento. No puedo dejar escapar una oportunidad como ésta. Tenemos que hacernos unas fotos.
    No le parece mal. En realidad se lo está pasando bomba. Disfruta como un niño jugando conmigo. Nos hacemos unas fotos con la cámara instantánea colocada sobre la mesa y con el disparador automático. Bob nunca puso mejor cara de Dylan que hoy. Yo nunca mostré un rostro tan desconocido. ¿Ése gilipollas soy yo?
    --Preferiría que no lo contases por ahí... -me comenta tras retornar a su imagen de yanqui ejemplar.
    --Joder, macho. Esto es como follar con Claudia Schiffer y no poder decirlo.
    --Bueno, tú mismo. En realidad me da igual...
    --¿Puedo hacerte una pregunta? -le digo mientras le lleno el vaso de licor.
    --Puedes preguntarme lo que quieras. Le prometí a mi hijo que sería amable contigo, que en realidad me comportaría como si estuviera con él. Vosotros dos fuistéis grandes amigos y eso me encanta. Te aseguro que estoy muy feliz de haberme reencontrado con Akira. Creo que me estoy haciendo viejo... ¿Qué querías saber?
    --Bueno, no sé cómo decirlo... Quizás no te gusta... Pero, ¿por qué tienes esa fama de... intratable?
    --Lou Reed me dice que soy un grandísimo cabrón.
    --Si lo dice Lou... ¿Ves? Él saca un disco y se pasea por el mundo haciendo promoción. Recibe a la prensa, va a la tele... Tú nunca has hecho nada de eso.
    --Sí, es cierto -reconoce olvidando su mirada en la pared de al lado-. No me gustan los periodistas. Me han jodido muchas veces...
    --Eso es verdad. Quizás es que no te han entendido...
    --No. Me han sepultado. Y los mismos que me han hundido, me han considerado más tarde un genio vivo. No soporto ese trato. La prensa en el mundo es una mierda. No le interesa la verdad. Sólo tratan de vender ejemplares al precio que sea. No quieren analizar las cosas, sólo aspiran a que las cosas sean lo suficientemente atractivas como para vender el periódico. Y cuando las cosas no son atractivas ellos las transforman.
    --Si no recuerdo mal eso ya lo decías a los 24 años. Bueno, lo dices en la película Don't look back. Vaya bronca que le montas al periodista aquél...
    --Sí, lo recuerdo. Y no he cambiado mi forma de pensar en todos estos años... De ahí nace esa fama mía -me dice dándole una calada a su Marlboro y agitándose en la butaca.
    Esos gestos sí me recuerdan al Dylan juvenil de aquel documental maravilloso que yo grabé de TVE...
    --¿Pero sueles ser así también con la gente? Con tus colegas, quiero decir...
    Se para a meditar. Probablemente conoce de sobras la respuesta, pero da la impresión de que está buscando las palabras precisas. Al fin arranca.
    --No me gusta la gente, ¿sabes? Quiero que lo entiendas. No me gusta la gente con la que puedo tratar. Músicos, empresarios de discos, periodistas, aficionados... No me gusta la gente que me recuerda constantemente que soy Bob Dylan. ¡Es enloquecedor! Intenta ponerte en mi sitio por un momento. Intenta averiguar lo que puede suponer vivir años y años en el cuerpo de alguien a quien todo el mundo define como a un genio. Es posible que sea un genio, no lo sé, es posible que sí. Pero yo, ¡Robert Zimmerman!, necesito también respirar, comer, pasear, dormir, ¡cagar, tío! ¡¡Bob Dylan también caga!! ¿Cómo puedo sobrevivir con este peso, cuando todo me recuerda que soy un genio digno de adoración? ¡¡Tengo que huir!!, ¿Entiendes?
    --Es posible...
    --¿Tú te imaginas? Estoy con Georges Harrison, joder, ¡un beatle! ¡Es una personalidad mundial! ¡Pues Georges me adora! Lo veo a mi lado y creo que de un momento a otro se va a tirar al suelo a besarme el zapato. ¿Qué puedes hacer con un tipo así? ¿De qué puedes hablar? Seguro que le encantaría que me tirara un pedo. ¡Lo encontraría genial!
    Nos reímos a carcajadas los dos. Tiene razón. Espero que mi cara no denote también mi admiración de fan imbécil. ¿Pero qué cara pone uno delante de Bob Dylan, eh? Yo no lo sé...
    --¿Y lo de esta nueva personalidad de cuándo es?
    --Hace años que la uso. Si no lo hiciera me volvería loco, de verdad. Piénsalo. Siempre que puedo cambio mi imagen y salgo a la calle. Es lo que te decía. Claro que me encanta la gente. Pero la gente que no sabe que soy Bob Dylan. Voy a los bares, hago viajes, paseo por las ciudades, entro en las librerías. ¡Es maravilloso ser anónimo! ¿Cómo crees que podría componer si no conociese al ser humano?
    --Claro. No lo había pensado. Tienes letras que demuestran que captas perfectamente el sentir de la gente de la calle...
    --Me encanta la gente, Carlos -me dice con absoluta sinceridad en sus palabras-. A menudo entro en los bares donde hay jóvenes tocando y disfruto descubriendo su música. ¿Sabes? Alguna vez les pido que me dejen tocar con ellos. ¡Ellos se ríen! ¡Mira el abuelo cómo toca!, te dicen. ¡Y cuando estoy verdaderamente cachondo, me imito a mí mismo! ¡Les canto canciones de Bob Dylan! Joder, tío, te dicen, no lo haces mal. ¡Lo clavas! ¿Cómo haces esa voz de pato Donald?, me dicen.
    Nos partimos de risa. ¿Así que el mismo Dylan sabe que se dice que su voz es como la de un gato rabioso, como el graznido del pato Donald? Nos descojonamos comentándolo. Y confieso que me olvido que estoy con uno de los hombres más desconocido de estos tiempos. No quiero ni pensar (bueno, lo pienso y me mareo) lo que darían todos esos periodistas modernos por estar aquí, ahora, sentados en mi butaca frente a esta gloria mundial. Escuchando sus palabras, tomándose una copa con él. ¡No es tan hijoputa este tío como pensábamos!
    --Ahora quiero otra foto, Albert. Bueno, Bob. Otra foto juntos -le comento balbuceando. El alcohol ya nos va haciendo efecto.
    Nos hacemos una colección. Siempre alguna de ellas con el periódico del día y de la ciudad, para constatar que este tipo que parece Bob Dylan estuvo en mi casa.
    --Oye, Bob, ¿conoces algo de la música española? ¿De la cultura española? -le pregunto por preguntar algo, pensando que soy un periodista de la tele.
    --Sí, muy poco. Conozco a los poetas españoles, sobre todo. Claro, te mentí. No poseo ninguna editorial. Pero algún día la montaré. Y editaré a Lorca, Neruda, y Alexandre. Y Dalí, me gusta mucho el Dalí escritor. Me encanta Buñuel. Era un genio. Tengo algunas de sus películas en vídeo. Es muy inquietante El ángel exterminador. No conozco nada de la actualidad realmente. Bueno, me gusta mucho Camarón de la Isla. No entiendo nada de flamenco, pero ahí hay sentimiento puro. Paco de Lucía es único, ¿no? Me lo recomendó Akira y me compré algunos de sus discos. ¿Cómo se puede tocar así la guitarra? Un día en la radio escuché un cantante que me interesó y pedí el disco. Tiene un nombre muy raro... a ver... José Antonio... ¡Canta!
    --¿José Antonio Canta? ¿Quién es ese?
    --No sé. Sus canciones eran muy raras. Lo poco que entendí era espléndido. Completamente surrealista. Lo escuché en España, en un coche y mandé que me lo comprasen, pero no se vendía, no sé qué pasaba, no estaba en las tiendas... Al final alguien lo encontró en una gran tienda... Es muy interesante.
    Es increíble pero este tipo viaja en tren. Le gustan los trenes. Se lleva la maleta llena de libros y de discos. El día anterior a su partida fuimos a unos grandes almacenes y llenamos las bolsas de autores españoles. ¡Tendrán que agradecerme que Bob Dylan conozca algo más de la cultura española!
    Mi mujer y mis chicos se despiden en casa, pero yo le acompaño a la estación. Desde Madrid tomará el vuelo para Nueva York. Yo sé que nunca más volveremos a vernos. Bueno, quizás si vuelve por Zaragoza podríamos pasar un rato en el hotel. No sé. Me dice que piensa tomarse unas largas vacaciones. Que su corazón le dio un gran susto y no quiere darle facilidades. Se va a dedicar a componer. Y a viajar. Embutido en su nueva personalidad quiere descubrir aquellos lugares por los que pasó como un fantasma con su guitarra. Lugares de los que sólo recuerda una habitación de hotel semejante a otra habitación de cualquier hotel de cualquier ciudad del mundo.
    Nos hacemos la última foto en el andén, delante del tren que va a tomar. Está sonriente. Dentro de un mes volverá a ver a Akira y le contará nuestro encuentro. Se le ve feliz a este cabrón. Me ha dado sus señas en Nueva York. ¡Su teléfono directo!
    --Puedes contar lo que quieras de esta visita -me dice dándome un gran abrazo-. Pero yo no lo haría. ¿Tú crees que alguien va a creer que Bob Dylan...
    --...estuvo en Zaragoza?
    --No. Eso es posible. Que Bob Dylan no es un gran hijo de puta.
    --Es cierto. Eres un gran hijo de puta.
    --Claro. Nadie te creería".

    Joaquín Carbonell



    ©2005 Sitio oficial de Joaquín Carbonell